UNA HISTORIA PARA CHICOS PILOS.....
EL LLAMADO DE LA SELVA
(Autor: Jack London)
CAPÍTULO I
La vuelta al atavismo
Nostalgias inmemoriales de nomadismo brotan
debilitando la esclavitud del hábito;
de su sueño invernal despierta otra vez,
feroz, la tensión salvaje.
debilitando la esclavitud del hábito;
de su sueño invernal despierta otra vez,
feroz, la tensión salvaje.
Buck no leía los periódicos, de lo contrario habría sabido que una amenaza se cernía no sólo sobre él, sino sobre cualquier otro perro de la costa, entre Puget Sound y San Diego, con fuerte musculatura y largo y abrigado pelaje. Porque a tientas, en la oscuridad del Ártico, unos hombres habían encontrado un metal amarillo y, debido a que las compañías navieras y de transporte propagaron el hallazgo, miles de otros hombres se lanzaban hacia el norte. Estos hombres necesitaban perros, y los querían recios, con una fuerte musculatura que los hiciera resistentes al trabajo duro y un pelo abundante que los protegiera del frío.
Buck vivía en una extensa propiedad del soleado valle de Santa Clara, conocida como la finca del juez Miller. La casa estaba apartada de la carretera, semioculta entre los árboles a través de los cuales se podía vislumbrar la ancha y fresca galería que la rodeaba por los cuatro costados. Se llegaba a ella por senderos de grava que serpenteaban entre amplios espacios cubiertos de césped y bajo las ramas entrelazadas de altos álamos. En la parte trasera las cosas adquirían proporciones todavía más vastas que en la delantera. Había espaciosas caballerizas atendidas por una docena de cuidadores y mozos de cuadra, hileras de casitas con su enredadera para el personal, una larga y ordenada fila de letrinas, extensas pérgolas emparradas, verdes prados, huertos y bancales de fresas y frambuesas. Había también una bomba para -el pozo artesiano y un gran estanque de hormigón donde los chicos del juez Miller se daban un chapuzón por las mañanas y aliviaban el calor en las tardes de verano.
Sobre aquellos amplios dominios reinaba Buck. Allí había nacido y allí había vivido los cuatro años de su existencia. Es verdad que había otros perros, pero no contaban. Iban y venían, se instalaban en las espaciosas perreras o moraban discretamente en los rincones de la casa, como Toots, la perrita japonesa, o Ysabel, la pelona mexicana, curiosas criaturas que rara vez asomaban el hocico de puertas afuera o ponían las patas en el exterior. Una veintena al menos de foxterriers ladraba ominosas promesas a Toots e Ysabel, que los miraban por las ventanas, protegidas por una legión de criadas armadas de escobas y fregonas.
Pero Buck no era perro de casa ni de jauría. Suya era la totalidad de aquel ámbito. Se zambullía en la alberca o salía a cazar con los hijos del juez, escoltaba a sus hijas, Mollie y Alice, en las largas caminatas que emprendían al atardecer o por la mañana temprano, se tendía a los pies del juez delante del fuego que rugía en la chimenea en las noches de invierno, llevaba sobre el lomo a los nietos de Miller o los hacía rodar por la hierba, y vigilaba sus pasos en las osadas excursiones de los niños hasta la fuente de las caballerizas e incluso más allá, donde estaban los potreros y los bancales de bayas. Pasaba altivamente por entre los foxterriers, y a Toots e Ysabel no les hacía el menor caso, pues era el rey, un monarca que regía sobre todo ser viviente que reptase, anduviera o volase en la finca del juez Miller, humanos incluidos.
Su padre, Elmo, un enorme san bernardo, había sido compañero inseparable del juez, y Buck prometía seguir los pasos de su padre. No era tan grande -pesaba sólo sesenta kilos- porque su madre, Shep, había sido una perra pastora escocesa. Pero sus sesenta kilos, añadidos a la dignidad que proporcionan la buena vida y el respeto general, le otorgaban un porte verdaderamente regio. En sus cuatro años había vivido la regalada existencia de un aristócrata: era orgulloso y hasta egotista, como llegan a serlo a veces los señores rurales debido a su aislamiento. Pero se había librado de no ser más que un consentido perro doméstico. La caza y otros entretenimientos parecidos al aire libre habían impedido que engordase y le habían fortalecido los músculos; y para él, como para todas las razas adictas a la ducha fría, la afición al agua había sido un tónico y una forma de mantener la salud.
Así era el perro Buck en el otoño de 1897, cuando multitud de individuos del mundo entero se sentían irresistiblemente atraídos hacia el norte por el descubrimiento que se había producido en Klondike. Pero Buck no leía los periódicos ni sabía que Manuel, uno de los ayudantes del jardinero, fuera un sujeto indeseable. Manuel tenía un vicio, le apasionaba la lotería china. Y además jugaba confiando en un método, lo que lo llevó a la ruina inevitable. Porque el jugar según un método requiere dinero, y el salario de un ayudante de jardinero escasamente cubre las necesidades de una esposa y una numerosa prole.
La memorable noche de la traición de Manuel, el juez se encontraba en una reunión de la Asociación de Cultivadores de Pasas y los muchachos, atareados en la organización de un club deportivo. Nadie vio salir a Manuel con Buck y atravesar el huerto, y el animal supuso que era simplemente un paseo. Y nadie, aparte de un solitario individuo, les vio llegar al modesto apeadero conocido como College Park. Aquel sujeto habló con Manuel y hubo entre los dos un intercambio de monedas.
-Podrías envolver la mercancía antes de entregarla -refunfuñó el desconocido, y Manuel pasó una fuerte soga por el cuello de Buck, debajo del collar.
-Si la retuerces lo dejarás sin aliento -dijo Manuel, y el desconocido afirmó con un gruñido.
Buck había aceptado la soga con serena dignidad. Era un acto insólito, pero él había aprendido a confiar en los hombres que conocía y a reconocerles una sabiduría superior a la suya. Pero cuando los extremos de la soga pasaron a manos del desconocido, soltó un gruñido amenazador. No había hecho más que dejar entrever su disgusto, convencido en su orgullo que una mera insinuación equivalía a una orden. Pero para su sorpresa, la soga se le tensó en torno al cuello y le cortó la respiración. Furioso, saltó hacia el hombre, quien lo interceptó a medio camino, lo aferró del cogote y, con un hábil movimiento, lo arrojó al suelo. A continuación apretó con crueldad la soga, mientras Buck luchaba frenéticamente con la lengua fuera y un inútil jadeo de su gran pecho. Jamás en la vida lo habían tratado con tanta crueldad, y nunca había experimentado un furor semejante. Pero las fuerzas le abandonaron, se le pusieron los ojos vidriosos y no se enteró siquiera de que, al detenerse el tren, los dos hombres lo arrojaban al interior del furgón de carga.
Al volver en sí tuvo la vaga conciencia de que le dolía la lengua y de que estaba viajando en un vehículo que traqueteaba. El agudo y estridente silbato de la locomotora al acercarse a un cruce le reveló dónde estaba. Había viajado demasiadas veces con el juez, para no reconocer la sensación de estar en un furgón de carga. Abrió los ojos, y en ellos se reflejó la incontenible indignación de un monarca secuestrado. El hombre intentó cogerlo por el pescuezo, pero Buck fue más rápido que él. Sus mandíbulas se cerraron sobre la mano y él no las aflojó hasta que una vez más perdió el sentido.
-Le dan ataques -dijo el hombre, ocultando la mano herida ante la presencia del encargado del vagón, a quien había atraído el ruido del inciden te-. Lo llevo a San Francisco. El amo lo manda a un veterinario que cree que podrá curarlo.
Acerca del viaje de aquella noche habló el hombre con suma elocuencia en la trastienda de una taberna en el muelle de San Francisco.
-No saco más que cincuenta por él -rezongó-; y no lo volvería a hacer por mil, a toca teja.
Llevaba la mano envuelta en un pañuelo ensangrentado y tenía la pernera derecha del pantalón rasgada de la rodilla al tobillo.
-¿Cuánto sacó el otro pasmado? -preguntó el tabernero.
-Cien -fue la respuesta-. No habría aceptado ni un céntimo menos, así que...
-Eso hace ciento cincuenta -calculó el tabernero-; y ése los vale, o yo no sé nada de perros.
El otro se quitó el vendaje ensangrentado y se miró la mano herida.
-Si no pillo la rabia...
-Será porque naciste de pie -dijo riendo el tabernero-. Venga, dame la mano antes de marcharte -añadió.
Aturdido, sufriendo un dolor intolerable en la garganta y en la lengua, medio asfixiado, Buck intentó hacer frente a sus torturadores. Pero una y otra vez lo tumbaron y le apretaron más la cuerda hasta que lograron limar el grueso collar de latón y quitárselo del pescuezo. Entonces retiraron la soga y con violencia lo metieron en un cajón grande semejante a una jaula.
Allí estuvo echado durante el resto de aquella agotadora noche rumiando su cólera y su orgullo herido. No podía entender qué significaba todo aquello. ¿Qué querían de él aquellos desconocidos? ¿Por qué lo tenían encerrado en aquella estrecha jaula? No sabía por qué, pero se sentía oprimido por una vaga sensación de inminente calamidad. Varias veces durante la noche, al oír el ruido de la puerta del cobertizo al abrirse, se puso de pie de un salto esperando ver al juez, o al menos a los muchachos. Pero una y otra vez fue el rostro mofletudo del tabernero, que se asomaba y lo miraba a la mortecina luz de una vela de sebo. Y cada vez el alegre ladrido que brotaba de la garganta de Buck se trocaba en un gruñido salvaje.
Pero el tabernero lo dejó en paz, y por la mañana entraron cuatro individuos que cogieron el cajón. Más torturadores, pensó Buck, porque tenían un aspecto andrajoso y desaseado; y se puso a ladrarles con furia a través de los barrotes. Ellos se limitaron a reír y azuzarle con unos palos a los que inmediatamente Buck atacó con los colmillos hasta que comprendió que eso era lo que querían. Entonces se tumbó hoscamente en el suelo y dejó que cargaran el cajón a una vagoneta. Después, él y la jaula en la que estaba prisionero iniciaron un tránsito de mano en mano. Los empleados de un despacho de mercancías se hicieron cargo de él; fue transportado en otra vagoneta; una camioneta lo llevó, junto con una serie de cajas y paquetes, hasta un trasbordador; otra lo sacó para introducirlo en un gran almacén ferroviario, y finalmente fue depositado en el furgón de un tren expreso.
El furgón fue arrastrado a lo largo de dos días con sus noches a la cola de ruidosas locomotoras; y durante dos días y dos noches estuvo Buck sin comer ni beber. En su furia había respondido gruñendo a las primeras tentativas de aproximación de los empleados del tren, a lo que ellos habían correspondido azuzándole. Cuando Buck, temblando y echando espuma por la boca, se lanzaba contra las tablas, ellos se reían y se burlaban de él. Gruñían y ladraban como perros odiosos, maullaban y graznaban agitando los brazos. Aquello era muy ridículo, lo sabía, pero cuanto más ridículo, más afrentaba a su dignidad, y su furor aumentaba. El hambre no lo afligía tanto, pero la falta de agua era un verdadero sufrimiento que intensificaba su cólera hasta extremos febriles. Y en efecto, siendo como era nervioso por naturaleza y extremadamente sensible, el maltrato le había provocado fiebre, incrementada por la irritación de la garganta y la lengua reseca e hinchada.
Sólo una cosa le alegraba: ya no llevaba la soga al cuello. Eso les había dado una injusta ventaja; pero ahora que no la llevaba, ya les enseñaría. jamás volverían a colocarle otra soga en el cuello, estaba resuelto. Había pasado dos días y dos noches sin comer ni beber, y durante esos días y noches de tormento había acumulado una reserva de ira que no auguraba nada bueno para el primero que le provocase. Sus ojos se inyectaron en sangre y se convirtió en un demonio furioso. Tan cambiado estaba que el propio juez no lo habría reconocido; y los empleados del ferrocarril respiraron con alivio cuando se desembarazaron de él en Seattle.
Cuatro hombres transportaron con cautela el cajón en un carromato hasta el interior de un pequeño patio trasero rodeado por un muro. Un tipo fornido; con un jersey rojo de cuello desbocado, salió a firmar el recibo del conductor. Aquel hombre, presintió Buck, era el siguiente torturador. Y se lanzó salvajemente contra las tablas. El hombre sonrió con crueldad y trajo un hacha y un garrote.
-No irá a soltarlo ahora, ¿verdad?... -preguntó el conductor.
-Desde luego -replicó el hombre, al tiempo que hincaba el hacha en el cajón a modo de palanca.
Se produjo la inmediata espantada de los cuatro hombres que lo habían traído, que, encaramados al muro, se aprestaron a presenciar el espectáculo.
Buck se abalanzó sobre la tabla astillada, en la que clavó los dientes, luchando con furor con la madera. Dondequiera que el hacha caía por fuera, allí estaba él por dentro, rugiendo, tan violentamente ansioso él por salir como lo estaba el hombre del jersey rojo para sacarle de allí con fría deliberación.
-Ahora, demonio de ojos enrojecidos -dijo, una vez abierta una brecha que permitía el pasaje del cuerpo de Buck. Al mismo tiempo, dejó caer el hacha y se cambió el garrote a la mano derecha.
Y Buck era verdaderamente un demonio que lanzaba fuego por los ojos en el momento de disponerse a saltar con los pelos erizados, la boca en vuelta en espuma y un brillo enloquecido en los ojos inyectados en sangre. Directamente contra el hombre lanzó sus sesenta kilos de furia, acrecentados por la pasión contenida de dos días y dos noches. Pero ya lanzado, en el momento mismo en que sus quijadas estaban por cerrarse sobre la presa, recibió un impacto que detuvo su cuerpo y le hizo juntar los dientes con un doloroso golpe seco. Tras una voltereta en el aire, se dio con el lomo y el costado contra el suelo. Como nunca en su vida le habían golpeado con un garrote, se quedó pasmado. Soltando un gruñido que tenía más de queja que de ladrido, se puso en pie y volvió a arremeter. Y nuevamente recibió un golpe y cayó al suelo anonadado. Esta vez comprendió que había sido el garrote, pero su exaltación no admitía la cautela. Una docena de veces volvió a acometer y con igual frecuencia el garrote frustró la embestida y acabó con él en el suelo.
Después de un golpe especialmente feroz, sus patas vacilaron y quedó demasiado aturdido para atacar. Se tambaleó sin fuerzas, con sangre manándole de la nariz, la boca y las orejas, con el hermoso pelaje salpicado y con manchas de saliva ensangrentada. Entonces el hombre avanzó y deliberadamente le asestó un espantoso golpe en el hocico. Todo el dolor que había soportado Buck no fue nada en comparación con la intensa agonía de éste. Con un rugido de ferocidad casi leonina, volvió a lanzarse contra el hombre. Pero el hombre, pasándose el garrote de la derecha a la izquierda, cogió diestramente a Buck por debajo del maxilar inferior, dando al mismo tiempo un tirón hacia abajo y hacia atrás. Buck describió un círculo completo en el aire, para después golpear el suelo con la cabeza y el pecho.
Atacó por última vez. El hombre descargó entonces el golpe que le había reservando durante toda la lucha y Buck se derrumbó y cayó al suelo sin sentido.
-¡Éste no es manco para domar a un perro, te lo digo yo! -exclamó entusiasmado uno de los hombres encaramados al muro.
-Yo preferiría domar potros de indios todos los días y el doble los domingos -fue la respuesta del conductor mientras trepaba al carromato y ponía en marcha los caballos.
Buck recobró el sentido, pero no las fuerzas. Tumbado donde había caído, observaba al hombre del jersey rojo.
-«Responde al nombre de Buck» -citó el hombre hablando consigo mismo en alusión a la carta del tabernero que le había anunciado el envío del cajón y su contenido-. Bien, Buck, muchacho -prosiguió en tono jovial-, hemos tenido nuestro pequeño jaleo, y lo mejor que podemos hacer es dejarlo así. Tú te has enterado de cuál es tu sitio y yo me sé el mío. Sé un buen perro y todo irá bien. Pórtate mal y te arrancaré las tripas. ¿Entendido?
Mientras hablaba, daba palmaditas en la cabeza que había golpeado tan despiadadamente, y, aunque el contacto de aquella mano le erizara involuntariamente la pelambre, Buck aguantó sin protestar. Bebió ávidamente el agua que el hombre le trajo y más tarde engulló de su mano una generosa ración de carne cruda que él le suministró de trozo en trozo.
Había perdido (lo sabía), pero no estaba vencido. Comprendió, de una vez para siempre, que contra un hombre con un garrote carecía de toda posibilidad. Había aprendido la lección y no la olvidaría en su vida. Aquel garrote fue una revelación. Fue su toma de contacto con el reino de la ley primitiva y aceptó sus términos. Las realidades de la vida adquirieron un aspecto más temible; y si bien las afrontó sin amedrentarse, lo hizo con toda la latente astucia de su naturaleza en funcionamiento. En el transcurso de los días llegaron otros perros, en cajones o sujetos con una soga, unos dócilmente y otros rugiendo con furia como había hecho él; y a todos ellos los vio someterse al dominio del hombre del jersey rojo. Una y otra vez, segun contemplaba aquellas brutales intervenciones, la lección se afianzaba en el corazón de Buck: un hombre con un garrote era el que dictaba la ley, un amo a quien se obedece, aunque no necesariamente se acepte.
De esto último nunca hubo que acusar a Buck, por más que viera efectivamente a perros apaleados hacerle fiestas al hombre, meneando la cola y lamiéndole la mano. También vio a un perro que no quiso aceptarle ni obedecerle y acabó muerto en la lucha por imponerse.
De vez en cuando llegaban hombres, forasteros que hablaban con adulación y en diversos tonos al hombre del jersey rojo. Y cuando en esas ocasiones algún dinero pasaba de unas manos a otras, el forastero se llevaba consigo uno o más perros. Buck se preguntaba adónde irían, porque nunca regresaban; pero el miedo al futuro lo atenazaba, y cada vez se alegraba por no haber sido elegido.
Pero su hora llegó, finalmente, bajo la forma de un hombrecillo arrugado que escupía un mal inglés y numerosas exclamaciones desconocidas y burdas que Buck fue incapaz de entender.
-¡Sacredam! -exclamó el hombrecillo al posar la mirada en Buck-. ¡Ése sí ser perro bravo! ¿Cuánto?
Trescientos, y es un regalo -fue la inmediata respuesta del hombre del jersey rojo-. Y siendo dinero del gobierno, no tendrás ningún problema, ¿eh, Perrault?
Perrault sonrió. Considerando que el precio de los perros estaba por las nubes debido a la inusitada demanda, no era una cantidad desproporcionada por un animal tan espléndido. El gobierno canadiense no saldría perdiendo, ni su correspondencia viajaría más despacio. Perrault entendía de perros, y cuando vio a Buck supo que se trataba de uno en un millar: «Uno entre diez mil», comentó para sus adentros.
Buck vio el dinero que cambiaba de manos y no se sorprendió cuando el hombrecillo arrugado se los llevó, a él y a Curly, una afable terranova. Fue la última vez que vio al hombre del jersey rojo, así como la visión de Seattle alejándose fue la última que Curly y él tuvieron, desde la cubierta del Narwhal, de las tibias tierras meridionales. Perrault llevó a Curly y a Buck a las bodegas y los dejó a cargo de un gigante de cara morena llamado François. Perrault era francocanadiense y tenía la piel oscura, mientras que François era francocanadiense mestizo y tenía la piel dos veces más oscura. Para Buck eran hombres de una clase nueva (de los que estaba destinado a ver muchos más), y aunque no les cobró afecto, llegó honestamente a respetarlos. Aprendió rápidamente que Perrault y François eran hombres justos, serenos e imparciales al administrar justicia, y demasiado expertos en el comportamiento canino para dejarse engañar por los perros.
En las bodegas del Narwhal, Buck y Curly encontraron a otros dos perros. Uno de ellos era un ejemplar albo y grande procedente de Spitzber gen, de donde se lo había llevado el capitán de un ballenero, que más tarde había participado en una expedición geológica a las islas Barren. Era cordial aunque traicionero, ya que sonreía a la cara mientras discurría alguna trastada, como por ejemplo cuando le robó a Buck una parte de su primera comida. En el momento en que Buck saltaba para castigarlo, se le adelantó el látigo de François restallando en el aire con tal violencia sobre el culpable que Buck no tuvo más que recuperar el hueso. Fue un acto de equidad por parte de François, pensó Buck, y empezó a sentir aprecio por el mestizo.
El otro perro no dio ni recibió, muestras de fraternidad: pero tampoco intentó robar a los recién llegados. Era un animal malhumorado y taciturno, y le mostró a las claras a Curly que lo único que deseaba era que le dejasen en paz, y además, que si no era así habría jaleo. Dave, que así se llamaba, comía y dormía, o en los intervalos bostezaba sin interesarse por nada; no lo hizo siquiera cuando durante la travesía del estrecho de la Reina Carlota, el Narwhal estuvo balanceándose, cabeceando y corcoveando como un poseso. Cuando Buck y Curly se pusieron nerviosos, medio locos de miedo, Dave alzó la cabeza con fastidio, les dedicó una mirada indiferente, bostezó y se puso de nuevo a dormir.
El incansable pulso de la hélice latía día y noche en el barco, y aunque cada día era muy semejante al anterior, Buck percibió que cada vez hacía más frío. Por fin, una mañana la hélice se detuvo y una atmósfera de excitación se extendió por el barco. Buck la sintió, igual que los demás perros, y supo que se aproximaba un cambio. François les colocó collares y correas y los condujo a cubierta. Al dar el primer paso sobre la fría superficie, las patas de Buck se hundieron en una cosa fofa y blanca muy semejante al lodo. Resopló y dio un salto atrás. En el aire caía más de aquella materia blanca. Se sacudió, pero le siguió cayendo encima. La olisqueó con curiosidad y a continuación recogió un poco sobre la lengua. Quemaba como el fuego y un instante después había desaparecido. Aquello lo intrigó. Lo intentó nuevamente, con igual resultado. Los espectadores reían a carcajadas y Buck se sintió avergonzado sin saber por qué, era la primera vez que veía nieve.
CAPÍTULO 2
La ley del garrote y el colmillo
La ley del garrote y el colmillo
El primer día de Buck en la playa de Dyea fue una
pesadilla. Todas y cada una de las horas estuvieron llenas de conmoción y
sorpresas. Lo habían arrancado de golpe del centro de la civilización y lo
habían arrojado bruscamente al corazón mismo de lo primitivo. Ya no era una vida
regalada acariciada por el sol, sin otra cosa que hacer que dormitar y
aburrirse. Aquí no había paz ni descanso ni un momento de seguridad. Todo era
confusión y actividad, y no había un solo momento sin que la vida o algún
miembro corrieran peligro. Era necesario estar siempre alerta porque aquellos
perros y aquellos hombres no eran perros y hombres de ciudad. Eran todos
salvajes que no conocían más ley que la del garrote y el colmillo.
Buck nunca había visto perros que pelearan como lo
hacían aquellas fieras, y su primera experiencia le enseñó una lección
inolvidable. Es verdad que fue una experiencia en cabeza ajena, pues de otro
modo no habría sobrevivido para aprovecharla. La víctima fue Curly. Habían
acampado cerca del almacén de leña, y Curly, con su talante cordial, se acercó a
un fornido husky del tamaño de un lobo adulto, aunque apenas la mitad de grande
que ella. No hubo advertencia previa, sólo una embestida fulminante, un choque
metálico de dientes, un retroceso igualmente veloz, y el morro de Curly quedó
abierto desde el ojo hasta la quijada.
Era la forma de pelear de los lobos, golpear y recular;
pero hubo algo más. Treinta o cuarenta perros esquimales se acercaron
apresurados para formar un círculo alerta y silencioso en torno a los
antagonistas. Buck no comprendía aquel silencio expectante ni la ansiedad con
que se relamían. Curly se abalanzó sobre su adversario, que volvió a atacar y a
dar un salto hacia el costado. El husky recibió la siguiente embestida con el
pecho de forma tan peculiar que hizo perder el equilibrio a Curly. No volvió a
recobrarlo. Esto era lo que el círculo de perros estaba esperando. La
acorralaron, gruñendo y aullando, y Curly, entre aullidos de agonía, quedó
sepultada bajo aquella masa peluda de cuerpos feroces.
Aquello fue tan repentino e inesperado que desconcertó
a Buck. Vio a Spitz sacando la lengua escarlata tal como hacía al reírse, y vio
a François, que, blandiendo un hacha, saltaba hacia el centro del círculo. Tres
hombres armados de garrotes le ayudaron a dispersarlos. No les llevó mucho
tiempo. A los dos minutos de la caída de Curly, los últimos asaltantes fueron
ahuyentados a garrotazos. Pero ella yacía mustia y sin vida sobre la nieve
ensangrentada y pisoteada, hecha literalmente pedazos, y de pie junto a ella el
mestizo profería terribles maldiciones. La escena se repitió a menudo como una
pesadilla en los sueños de Buck. De modo que así eran las cosas. Nada de juego
limpio. Una vez en el suelo, había llegado tu fin. Pues ya se las arreglaría él
para no caer nunca. Spitz volvió a reír y sacó la lengua, y desde aquel momento
Buck le profesó un odio amargo e implacable.
Antes de haberse recobrado de la conmoción que le
provocó la trágica muerte de Curly, Buck experimentó otra peor. François le
sujetó al cuerpo un aparejo de correas y hebillas. Era un arnés como el que
había visto que, allá en la finca, los mozos de cuadra colocaban a los caballos.
Y tal como había visto trabajar a los caballos fue puesto él a trabajar, tirando
del trineo para llevar a François hasta el bosque que bordeaba el valle y
regresar con una carga de leña. Aunque su dignidad resultó gravemente herida al
verse convertido en animal de carga, fue lo bastante sensato como para no
rebelarse. Se metió de lleno en la tarea y se esforzó al máximo, por más que
todo le parecía nuevo y extraño. François era severo, exigía obediencia total y
gracias a su látigo la lograba en el acto; por su parte, Dave, que era un
experimentado perro zaguero1,
mordía las nalgas de Buck cada vez que cometía un error. Spitz, que era el que
guiaba, era igualmente experimentado, pero como no siempre podía acercarse a
Buck, le lanzaba de vez en cuando gruñidos de reproche o echaba astutamente su
peso sobre las riendas para forzarlo a seguir el rumbo correcto. Buck aprendía
con facilidad y, bajo la tutela conjunta de sus dos colegas y de François,
realizó notables progresos. Antes de regresar al campamento ya sabía que ante un
«¡so!» tenía que detenerse y ante un «¡arre!», avanzar, no le costaba trazar las
curvas con amplitud y mantenerse lejos del zaguero cuando, en una pendiente, el
trineo cargado se le venía encima pisándole los talones.
-Tres perros mucho buenos -le comentó François a
Perrault-. El Buck tirar como demonio. Yo enseñarle deprisa.
Por la tarde, Perrault, a quien le urgía ponerse en
camino con el correo, regresó con dos perros más. Billie y Joe, así les llamaba,
eran hermanos y esquimales auténticos. Aunque hijos de la misma madre, eran como
el día y la noche. El único defecto de Billie era su carácter sumamente
acomodaticio, mientras que Joe era el extremo opuesto, malhumorado e
introspectivo, siempre gruñón y con la mirada atravesada. Buck los recibió de
buen talante, Dave no les hizo el menor caso, mientras que Spitz se puso a
provocar primero a uno y después al otro. Billie meneó la cola intentando
aplacarlo, salió corriendo cuando vio que su intento era vano y emitió un
gruñido (todavía apaciguador) cuando los afilados dientes de Spitz le dejaron
una marca en el costado. En cambio, Joe, por muchas vueltas que diera Spitz,
giraba en redondo sobre las patas traseras y le hacía frente: los pelos
erizados, las orejas echadas hacia atrás, la boca contorsionada enseñando los
dientes, lo esquivaba con el incesante movimiento de su quijada y un brillo
diabólico en los ojos. Era la encarnación misma del terror beligerante. Tan
terrible era su aspecto que Spitz no tuvo más remedio que renunciar a someterlo;
y se desquitó corriendo tras el inofensivo Billie hasta los confines del
campamento.
Al anochecer, Perrault apareció con otro perro, un
viejo husky largo, enjuto y adusto, con el rostro plagado de cicatrices y un
solo ojo cuyos destellos proclamaban un coraje que infundía respeto. Se llamaba
Sol-leks, que significa «el iracundo». Al igual que Dave, no pedía nada, no daba
nada, no esperaba nada; y cuando con lentitud y parsimonia se encaró al resto
del grupo, hasta Spitz lo dejó en paz. Tenía una peculiaridad que Buck tuvo la
mala suerte de descubrir. No toleraba que se le acercasen por el lado del ojo
ciego. Buck cometió sin querer esa ofensa, y sólo se enteró de su indiscreción
cuando Sol-leks giró bruscamente y le rajó un hombro hasta el hueso. A partir de
entonces, Buck evitó acercarse a él por el flanco del ojo ciego y durante todo
el tiempo que estuvieron juntos no volvió a tener problemas. La única ambición
de Sol-leks, igual que la de Dave, era que lo dejaran en paz; aunque (según Buck
habría de saber más adelante) cada uno de ellos tenía otra, incluso más vital.
Aquella noche Buck se enfrentó al gran problema de
dormir. La tienda, iluminada por una vela, resplandecía cálida en medio de la
llanura he lada; y cuando, con toda naturalidad, penetró en ella, Perrault y
François lo bombardearon con maldiciones y con utensilios de cocina hasta que,
recobrado de su consternada sorpresa, escapó ignominiosamente hacia el frío
exterior. Soplaba un viento helado que lo entumecía y le maltrataba el hombro
herido. Se echó en la nieve para intentar dormir, pero la helada no tardó en
obligarlo a levantarse tiritando. Amargado y afligido anduvo vagando entre las
numerosas tiendas, para acabar descubriendo que un rincón era tan frío como
cualquier otro. De vez en cuando se le echaba encima algún perro salvaje, pero
él erizaba la pelambre del pescuezo y gruñía (estaba aprendiendo rápido), y el
otro lo dejaba seguir su camino.
Finalmente se le ocurrió una idea. Regresaría para ver
cómo se las componían sus compañeros de equipo. Para su asombro, habían
desaparecido. De nuevo deambuló por el extenso campamento buscándolos y de nuevo
volvió al punto de partida. ¿Estarían dentro de la tienda? No, no podía ser, de
lo contrario a él no lo hubiesen echado. ¿Dónde podían estar, entonces? Con el
rabo entre las patas y el cuerpo tembloroso, realmente acongojado, empezó a dar
vueltas y más vueltas alrededor de la tienda. De pronto la nieve cedió y, al
hundirse sus patas delanteras, Buck sintió que algo se agitaba. Dio un salto
atrás, gruñendo alarmado, asustado ante lo invisible y desconocido. Pero un
pequeño ladrido amistoso lo tranquilizó, y se acercó a investigar. Una vaharada
de aire tibio subió hasta su hocico: allí, hecho un compacto ovillo bajo la
nieve, estaba Billie, que, tras emitir un gemido propiciatorio y revolverse en
su sitio como demostración de buena voluntad y buenas intenciones, se aventuró
incluso, en beneficio de la paz, a lamerle a Buck la cara con su lengua tibia y
húmeda.
Otra lección. ¿Conque así era como lo hacían, eh? Buck
eligió confiadamente un sitio y con muchos aspavientos y desgaste de energía
procedió a cavar un hoyo para él. En un santiamén, el calor de su cuerpo llenó
aquel espacio cerrado y Buck se quedó dormido. El día había sido largo y arduo,
Buck durmió cómoda y profundamente, aunque bufó y ladró luchando contra las
pesadillas.
Y no abrió los ojos hasta que lo desvelaron los ruidos
del campamento, que despertaba. En un primer momento no supo dónde estaba. Había
nevado durante la noche y estaba completamente sepultado. Los muros de nieve lo
oprimían por todas partes, y un estremecimiento de temor le recorrió el cuerpo:
el miedo del animal salvaje a la trampa. Era una evocación inconsciente del
temor de sus antepasados, ya que siendo como era un perro civilizado,
excesivamente civilizado, que no había conocido ninguna trampa, no podía
sentirlo por sí mismo. Todos los músculos de su cuerpo se contraían
instintivamente de forma espasmódica, se le erizó el pelo del pescuezo y del
lomo, y con un gruñido feroz saltó en vertical hacia la cegadora luz del día
provocando a su alrededor una nube de nieve refulgente. Antes de aterrizar sobre
las patas vio el blanco campamento extendido ante él y, al tiempo que supo dónde
estaba, recordó todo lo ocurrido desde el momento en que salió a dar un paseo
con Manuel hasta la noche anterior, cuando había cavado el hoyo.
Un grito de François saludó su aparición.
-¿No te decir yo? -le gritaba a Perrault el conductor
de trineos-. ¡Ese Buck aprender rápido, sí, sí!
Perrault asintió gravemente. Como correo del gobierno
canadiense, portador de importantes despachos, le preocupaba conseguir los
mejores perros y estaba especialmente satisfecho de contar con Buck.
Tres huskies más fueron incorporados al tiro en menos
de una hora, completando así un total de nueve, y antes de que hubieran
transcurrido otros quince minutos estaban todos sujetos al trineo y avanzaban
con buen ritmo hacia el cañón de Dyea. Buck estaba contento de haber salido y
descubrió que, aunque la tarea era dura, no le resultaba particularmente
desagradable. Le sorprendió el entusiasmo contagioso de todo el equipo, pero más
todavía le sorprendió el cambio que se había operado en Dave y en Sol-leks. Eran
otros perros, completamente transformados por el arnés. La pasividad y la
indiferencia los habían abandonado. Estaban alerta y activos, ansiosos de que el
trabajo fuera bien y terriblemente irritables ante cualquier circunstancia que,
por originar demoras o desconcierto, retrasase la marcha. El trabajoso avance
era para ellos la suprema realización individual, el exclusivo fin de su
existencia y lo único que les proporcionaba placer.
Dave iba enganchado al trineo, detrás tiraba Buck, y
luego venía Sol-leks; el resto del tiro iba enganchado en fila india, y a la
cabeza guiaba Spitz.
A Buck lo habían colocado a propósito entre Dave y
Sol-leks para que pudiese aprender de ellos. Si él era un buen alumno,
competentes eran sus maestros, que nunca lo dejaban persistir en el error y
reforzaban sus enseñanzas con sus afilados dïentes. Dave era justo y muy sagaz.
Nunca mordía a Buck sin motivo y nunca dejaba de hacerlo cuando hacía falta.
Como lo respaldaba el látigo de François, Buck encontró que le salía más barato
enmendarse que rebelarse. En una ocasión, durante un breve alto, quedó enredado
en las correas y demoró la salida; Dave y Sol-leks se abalanzaron sobre él y le
administraron una buena paliza. La consecuencia fue un enredo todavía peor, pero
a partir de aquel momento Buck tuvo buen cuidado de mantener las correas en
orden; y antes de que se acabara el día tenía tan dominada la maniobra que sus
mentores casi dejaron de vigilarle. El látigo de François restallaba con menos
frecuencia, y Perrault le hizo a Buck el honor de levantarle las patas para
examinárselas con cuidado.
Fue una dura carrera hasta el cañón, porque hubo que
cruzar Campo de Ovejas, dejar atrás la cadena de cuchillas y el límite de los
bosques a través de glaciares y ventisqueros de centenares de metros de
profundidad, y pasar la cordillera de Chilcoot, que separa las aguas saladas de
las dulces y custodia de forma majestuosa el triste y solitario territorio del
norte. Recorrieron a buen paso la cadena de lagos que llenan los cráteres de
extintos volcanes, y ya avanzada la noche entraron en el enorme campamento
situado sobre el extremo principal del lago Bennett, donde miles de buscadores
de oro construían botes, preparándose para el deshielo de la primavera. Buck
cavó su hoyo en la nieve y durmió con el sueño de los exhaustos, pero antes del
amanecer ya lo obligaron a salir a la fría oscuridad y fue enganchado al trineo
con sus compañeros.
Ese día hicieron setenta kilómetros sobre suelo firme;
pero al siguiente, y durante muchos días más, tuvieron que abrirse camino con
mayor es fuerzo y tardando mucho más tiempo. Por lo general, Perrault iba
delante apretando la nieve con raquetas en los pies para facilitar el
desplazamiento del equipo. François, que guiaba el trineo desde la parte
delantera, intercambiaba a veces el puesto con su compañero, aunque no siempre.
Perrault tenía prisa y se jactaba de conocer bien el hielo, una pericia
indispensable, porque en otoño el hielo era muy delgado y si había corriente de
agua no cuajaba en absoluto.
Día tras día, unos días interminables, se afanó Buck en
su tarea. Siempre levantaban campamento en la oscuridad, y los primeros grises
del amanecer los encontraban dejando su huella en el sendero y con muchas millas
ya recorridas a la espalda. Y siempre acampaban después del anochecer, comían un
poco de pescado y se arrastraban a dormir metidos en la nieve. Buck estaba
hambriento. Los setecientos gramos de salmón secado al sol que constituían su
ración diaria desaparecían enseguida. Nunca tenía bastante y sufría continuos
retortijones. En cambio, los otros perros, que pesaban menos y estaban
acostumbrados a aquel régimen, recibían sólo quinientos gramos de pescado y
conseguían mantenerse en buena forma.
Enseguida fue perdiendo Buck la delicadeza de su vida
anterior. Comilón moroso y refinado, se encontró con que sus compañeros, que
acababan antes, le robaban la porción que no había consumido aún. No había forma
de defenderla. Mientras él ahuyentaba a dos o tres ladrones, la comida
desaparecía en el gaznate de los demás. El único remedio era comer tan rápido
como ellos; y tanto lo acuciaba el hambre que enseguida aprendió a coger lo que
no era suyo. Observaba y aprendía. Una vez vio como Pike, uno de los nuevos, un
hábil ladrón y especialista en escaquearse, robaba con astucia un trozo de
tocino cuando Perrault le daba la espalda, y al día siguiente Buck se apoderó de
todo el tocino. Se armó un gran jaleo, pero nadie sospechó de él; fue Dub, un
ladrón torpe al que siempre sorprendían con las manos en la masa, quien recibió
el castigo en su lugar.
Aquel primer robo demostró que Buck podía sobrevivir en
el hostil territorio del norte. Era la prueba de su capacidad de adaptación, de
acomodación a las circunstancias cambiantes, cuya ausencia habría significado
una muerte rápida y terrible. Indicó, además, el descenso, o mejor aún la
quiebra, de sus principios morales, inútiles ahora y una rémora en la despiadada
lucha por la existencia. El respeto por la propiedad privada y los sentimientos
personales estaban muy bien en las regiones meridionales bajo el imperio de la
ley del amor y la fraternidad, pero en el norte, donde prevalecía la ley del
garrote y el colmillo, era un necio quien tuviera en cuenta tales cosas, y en la
medida en que las acatase no lograría salir adelante.
No es que Buck hiciera tal razonamiento. Simplemente
era apto, e inconscientemente se adaptaba a su nuevo estilo de vida. Ni rehuía
una pelea ni pensaba en las posibilidades. Pero el garrote del hombre del jersey
rojo le había inculcado a la fuerza un código más fundamental y primario. Como
un ser civilizado, habría sido capaz de morir por un principio moral, por
ejemplo, en defensa de la fusta del juez Miller; pero el alcance de su retorno a
lo más primitivo ponía de manifiesto ahora su capacidad de rehuir la defensa de
una consideración moral y salvar el pellejo. No robaba por el placer de hacerlo,
sino obedeciendo al clamor de su estómago. Y por el respeto al garrote y al
colmillo no robaba abiertamente sino con astucia y sigilo. En resumen, hacía las
cosas porque era más fácil hacerlas que no hacerlas.
Su evolución (o regresión) fue rápida. Sus músculos
adquirieron la dureza del hierro y se hizo insensible a todas las penalidades
comunes. Desarrolló una economía interna igual que la externa. Era capaz de
comer cualquier cosa, por repugnante o indigesta que fuera y, una vez ingerida,
los jugos de su estómago extraían de ella hasta la última partícula nutritiva
que la sangre llevaba hasta los lugares más recónditos de su cuerpo, donde se
convertía en tejido orgánico más fuerte y resistente. La vista y el olfato se le
aguzaron notablemente, mientras su oído se volvía tan fino que, aun estando
dormido, era capaz de percibir el más leve sonido y saber si era un presagio de
paz o de peligro. Aprendió a arrancarse con los dientes el hielo que se le
acumulaba entre los dedos; y cuando tenía sed y el agua estaba cubierta de una
gruesa capa de hielo, la rompía golpeándola con las agarrotadas patas
delanteras. Su rasgo más sobresaliente era la habilidad de olisquear y prever,
una noche antes, de dónde soplaría el viento. Aun cuando no hubiera siquiera una
brisa en el momento en que cavaba su hoyo junto a un árbol o un terraplén, el
viento que soplaba más tarde lo encontraba indefectiblemente a sotavento,
cómodamente resguardado.
Y no sólo aprendía por la experiencia, sino que en él
revivían instintos hacía tiempo desaparecidos. Se despojó de la domesticidad de
generaciones. Vagos recuerdos ancestrales de los orígenes de la raza, de la
época en que las manadas de perros salvajes deambulaban por los bosques
primitivos y devoraban sus presas según les daban caza. No le costó aprender a
pelear causando un corte profundo con un súbito mordisco de lobo. Así lo habían
hecho sus olvidados antepasados. Fueron ellos los que aceleraron en su interior
el despertar de hábitos ancestrales, y los viejos ardides que habían impreso en
la herencia genética de la raza se convirtieron en los suyos. Los incorporó sin
esfuerzo ni asombro, como si hubieran sido suyos desde siempre. Y cuando en las
noches frías y serenas apuntaba con el hocico a una estrella y aullaba como un
lobo, eran sus antepasados, muertos y convertidos en polvo, los que lo hacían
desde los siglos pasados y a través de él. Y las cadencias con que Buck
manifestaba su sufrimiento eran las suyas, como suyo era el significado que para
ellos tenían la quietud, el frío y la oscuridad de la noche. Como demostración
de que la vida es un juego de marionetas, el canto ancestral lo invadió por
entero y Buck recobró su ser original; y todo porque en el norte los hombres
habían encontrado un metal amarillo, y porque Manuel era un ayudante de
jardinero cuyo salario no cubría las necesidades de su mujer ni las de los
varios y pequeños duplicados de sí mismo.
CAPÍTULO 3
La primitiva bestia dominante
La primitiva bestia dominante
La bestia dominante primitiva era poderosa en Buck y, bajo las rudas condiciones de aquella vida, fue creciendo sin parar. Pero fue un crecimiento secreto. Su recién adquirida astucia le proporcionó desenvoltura y autoridad. Estaba demasiado ocupado en adaptarse a su nueva existencia como para relajarse, y no sólo no buscaba peleas sino que las rehuía siempre que era posible. Su actitud se caracterizaba por cierta parsimonia. No era dado a la acción irreflexiva y precipitada; y, con respecto al arraigado odio que había entre él y Spitz, no dejaba traslucir ninguna impaciencia y evitaba cualquier signo de agresividad.
Por su parte, posiblemente porque adivinaba que Buck era un peligroso rival, Spitz nunca perdía la oportunidad de enseñarle los dientes. Incluso hacía lo imposible por bravuconear ante él, esforzándose constantemente por iniciar una pelea que sólo podría acabar con la muerte de uno de los dos. A poco de emprendido el viaje, tal cosa pudo haber ocurrido, de no ser por un inesperado accidente. Al final de aquel día habían instalado un precario campamento a orillas del lago Le Barge. Una violenta nevada, el viento, que cortaba como una cuchilla al rojo vivo, y la oscuridad los habían forzado a buscar a ciegas un lugar de acampada. Dificilmente podrían haber encontrado uno peor. A sus espaldas se levantaba una pared perpendicular de roca, y Perrault y François no tuvieron más remedio que hacer la hoguera y tender los sacos de dormir sobre el mismo hielo del lago. Se habían deshecho de la tienda en Dyea con el fin de viajar ligeros de peso. Unas pocas tablas sobrantes les proporcionaron un fuego que se hundió al derretirse el hielo dejándolos a oscuras para cenar.
Buck cavó su nido bajo la protección de la roca. Tan cómodo y tibio estaba que lo abandonó de mala gana cuando François se puso a distribuir el pescado que previamente había descongelado en el fuego. Y cuando consumió su ración y volvió a su refugio se encontró con que estaba ocupado. Un gruñido de advertencia le dijo que el intruso era Spitz. Hasta entonces, Buck había evitado los problemas con su enemigo, pero aquello era demasiado. La bestia que había en su interior rugió. Se abalanzó sobre Spitz con una furia que sorprendió a ambos, y especialmente a Spitz, ya que su experiencia con Buck le había metido en la cabeza que su contrincante era un perro excepcionalmente tímido, que sólo conseguía hacerse respetar gracias a su gran peso y tamaño.
También se sorprendió François cuando los vio salir del hoyo violentamente enzarzados y adivinó el motivo de la pelea.
-¡Ajá! -le gritó a Buck-. ¡Dale a ése! ¡Dale duro al miserable ladrón!
Spitz estaba igualmente dispuesto al combate. Aullaba de rabia y ansiedad mientras giraba a un lado u otro buscando la ocasión de arremeter. Buck no estaba menos impaciente ni era menor la cautela con que giraba a su vez procurando ganar ventaja. Pero fue entonces cuando ocurrió lo inesperado, algo que dejó para el futuro, después de muchos y fatigosos kilómetros, la lucha por la supremacía.
Una maldición de Perrault, el rotundo impacto de un garrote contra un cuerpo huesudo y un estridente gruñido de dolor anunciaron la instau ración de la algarabía. De pronto, el campamento fue un hervidero de furtivas siluetas peludas, entre cuarenta y sesenta huskies famélicos que habían olfateado el campamento desde alguna aldea india. Se habían infiltrado durante la pelea entre Buck y Spitz, y, cuando los dos hombres saltaron a la palestra provistos de gruesos garrotes, ellos les hicieron frente mostrando los dientes. El olor a comida los había enloquecido. Perrault descubrió a uno con la cabeza metida en la caja de las provisiones. Su garrote cayó pesadamente sobre el descarnado espinazo del animal y la caja quedó boca arriba en el suelo. Al instante hubo una veintena de bestias hambrientas disputándose el pan y el tocino. Los garrotazos no los disuadían. Aun entre alaridos y rugidos bajo la lluvia de golpes, lucharon como posesos hasta haber devorado la última migaja.
Entre tanto, los asombrados perros del equipo, que habían salido a toda prisa de sus refugios, eran atacados por los feroces invasores. Jamás había vis to Buck unos perros como aquéllos. Daba la impresión de que los huesos iban a horadarles la piel. No eran más que simples esqueletos cubiertos de un pellejo embarrado, con los ojos en llamas y los colmillos chorreando baba. Pero la locura del hambre los convertía en seres aterradores, irresistibles. Al primer ataque, los perros del equipo fueron acorralados contra la pared de roca. Buck fue rodeado por tres atacantes, y en un instante tuvo la cabeza y los hombros contusionados y desgarrados. El estruendo era espantoso. Billie, como siempre, gemía. Dave y Sol-leks chorreaban sangre por mil heridas, pero luchaban valerosamente codo a codo. Joe soltaba dentelladas como un demonio. De pronto aferró entre los dientes la pata delantera de un invasor e hizo crujir el hueso al triturarlo. Pike, el ventajista, se abalanzó sobre el animal mutilado y de una dentellada le quebró el pescuezo. Buck aferró por la garganta a un enemigo que echaba espuma por la boca, y la sangre que brotó al hundirle los dientes en la yugular se le esparció por el hocico. El tibio sabor de la sangre en la boca aumentó su ferocidad. Se lanzó sobre otro y, al mismo tiempo, sintió que unos dientes se hundían en su propia garganta. Era Spitz, que lo atacaba a traición.
Perrault y François, habiendo despejado su zona del campamento, se presentaron allí a toda prisa en defensa de sus perros. La salvaje ola de bestias hambrientas retrocedió ante ellos, y Buck se liberó de una sacudida. Pero fue sólo por un momento. Los dos hombres tuvieron que retirarse apresuradamente a salvar las provisiones, y enseguida los perros famélicos volvieron al ataque. Billie, envalentonado por el terror, se abrió paso de un salto en aquel círculo de salvajes y huyó por el lago helado. Pike y Dub lo siguieron pisándole los talones, y el resto del equipo fue detrás. Cuando se disponía a hacer lo mismo, Buck vio por el rabillo del ojo que Spitz se abalanzaba sobre él con la evidente intención de derribarlo. Si perdía el equilibrio y caía bajo la masa de enemigos, ya no habría esperanza para él. Pero Buck aguantó a pie firme el impacto de la carga de Spitz, y seguidamente se unió a la huida por el lago.
Los nueve perros del equipo se reunieron más adelante y buscaron refugio en el bosque. Aunque ya no los perseguían estaban en un estado lamentable. No había ninguno que no tuviese dos o tres heridas, y varios estaban maltrechos. Dub tenía una pata trasera gravemente lesionada; Dolly, la última que se había incorporado al equipo en Dyea, tenía un horrible desgarrón en la garganta; Joe había perdido un ojo; y el reposado y pacífico Billie, que estaba con la oreja mordida y hecha jirones, gimió lastimeramente la noche entera. Al amanecer regresaron con dificultad y recelo al campamento, donde se encontraron con que los invasores se había retirado y los dos hombres estaban de muy mal humor. Faltaban la mitad de las provisiones. Además, los perros salvajes habían masticado las cuerdas del trineo y las fundas de lona. De hecho, no se les había escapado nada que fuese remotamente comestible. Habían engullido un par de mocasines de piel de alce de Perrault, trozos de las riendas, y hasta un buen pedazo del látigo de François. Este interrumpió la apesadumbrada constatación de las pérdidas para ocuparse de sus maltrechos perros.
-Ah, compañeros -dijo quedamente-, quizá volver rabiosos tantos mordiscos. ¡Puede que todos rabiosos, sacredam! ¿Tú qué creer, eh, Perrault?
El correo meneó la cabeza en señal de duda. Con setecientos kilómetros aún por delante para llegar a Dawson, no se podía permitir una epidemia de rabia entre sus animales. Dos horas de juramentos y esfuerzo necesitó para poner los arneses en condiciones, tras lo cual, el equipo, aún agarrotado por las heridas, se puso en marcha, avanzando penosamente por el tramo más duro que habían encontrado hasta entonces, que, dicho sea de paso, era la parte peor del trayecto a Dawson.
El río Thirty Mile no estaba congelado. Su turbulento caudal lo impedía y el hielo sólo lograba cuajar en las riberas y en los remansos. Se necesitaron seis días de agotador esfuerzo para recorrer aquellos terribles cincuenta kilómetros. Terribles porque cada paso suponía un riesgo vital para perros y hombres. Una docena de veces, Perrault, que avanzaba el primero con precaución, quebró la capa helada de la estrecha franja que los sustentaba y se salvó gracias a la pértiga que llevaba, sostenida de tal forma que quedaba cada vez atravesada sobre el agujero abierto por su cuerpo. Pero estaban en plena ola de frío, el termómetro marcaba diez grados bajo cero, y cada vez que rompía el hielo se veía obligado, para no morir, a encender una hoguera que le secase la ropa.
Nada lo amilanaba. Y era precisamente por esto por lo que había sido elegido correo del gobierno. Asumía todo tipo de riesgos, afrontando resueltamente la helada con su pequeño rostro curtido y luchando sin descanso desde el alba hasta el crepúsculo. Recorrió las peligrosas orillas del lago sobre la delgada capa de hielo que cedía y se agrietaba bajo los pies y sobre la que no osaban detenerse. En una ocasión, el trineo se hundió con Dave y Buck, que, cuando los arrastraron fuera del agua, estaban medio helados y casi ahogados. Para salvarlos fue necesario encender la consabida hoguera. Estaban cubiertos de hielo, y los dos hombres los tuvieron corriendo, sudando y descongelándose tan cerca del fuego que quedaron chamuscados por las llamas.
En otra ocasión fue Spitz el que se hundió arrastrando tras él al tiro entero hasta llegar a Buck, que empleó todas sus fuerzas en tirar hacia atrás, con las patas delanteras hincadas en la ribera resbaladiza mientras el hielo temblaba y se partía a su alrededor. Pero detrás de él estaba Dave haciendo el mismo esfuerzo y, en la parte posterior del trineo, François forzaba al máximo sus tendones.
Otra vez el hielo de la costa cedió por delante y por detrás del trineo y no quedó más escapatoria que encaramarse al empinado talud de la orilla. Perrault lo escaló de milagro mientras François rezaba para que se produjera este milagro. Con los arneses de cuero y los deslizadores formaron una larga cuerda y con ella izaron de uno en uno a los perros hasta el borde del precipicio. El último en subir fue François, después del trineo y la carga. A continuación tuvieron que buscar un lugar por el qué descender, descenso que en última instancia realizaron con ayuda de la cuerda, y la noche los encontró de nuevo en el río, con quinientos metros en el haber del día.
Cuando llegaron al Hootalinqua y al hielo firme, Buck estaba agotado. El resto de los perros se encontraba en un estado semejante; pero Perrault, para compensar el tiempo perdido, les exigía trabajar de sol a sol. El primer día recorrieron sesenta kilómetros hasta el Big Salmon; al siguiente, sesenta más hasta el Little Salmon; el tercer día otros setenta, lo cual los llevó hasta bastante cerca de Five Fingers.
Las patas de Buck no eran tan resistentes y duras como las de los huskies. Las suyas se habían ablandado a lo largo de muchas generaciones a partir del día en que su último antepasado salvaje fue domesticado por un cavernícola o un hombre del río. Durante todo el día cojeaba con dolor y, una vez armado el campamento, se dejaba caer como muerto. A pesar del hambre, ni se movía para ir a buscar su ración de pescado, y François tenía que llevársela. También todas las noches después de la cena, dedicaba media hora a frotarle a Buck las plantas de los pies, y hasta sacrificó la parte más alta de sus mocasines para hacerle unos a Buck. Aquello le supuso un gran alivio y provocó incluso una mueca parecida a una sonrisa en el rostro curtido de Perrault una mañana en que, habiendo François olvidado los mocasines, Buck se tumbó de espaldas, agitando las cuatro patas en el aire, y se negó en redondo a moverse sin ellos. Con el tiempo, las patas se le endurecieron y aquel tosco calzado fue olvidado para siempre.
Una mañana, a orillas del Pelly, cuando estaban colocando los arreos, Dolly, que nunca había destacado en nada, se volvió loca de repente. El anuncio de -su estado fue un prolongado y desgarrador aullido que a los demás perros les puso los pelos de punta, tras lo cual se abalanzó directamente sobre Buck. Él nunca había visto a un perro volverse rabioso ni tenía motivos para tener miedo a la enfermedad; pero presintió el horror y huyó presa del pánico. Salió disparado en línea recta, con Dolly, que jadeaba y echaba espuma, pisándole los talones; ni ella podía darle alcance, tanto era el terror que lo poseía, ni él lograba distanciarla, tal era la locura de ella. Como una exhalación, Buck se adentró en el monte del centro de la isla, alcanzó el extremo opuesto, atravesó un cauce lleno de hielo rugoso en dirección a otra isla, llegó a una tercera, giró hacia el río principal y, en su desesperación, empezó a cruzarlo. Y todo el tiempo, aunque no la veía, la oía gruñir a sólo un cuerpo por detrás. François lo llamó desde quinientos metros de distancia y Buck volvió sobre sus pasos, siempre con un cuerpo de ventaja, jadeando penosamente y con toda su esperanza puesta en François. El guía tenía el hacha preparada en la mano y, cuando hubo pasado Buck, la descargó sobre el cráneo de la enloquecida Dolly.
Buck llegó tambaleándose junto al trineo, exhausto, con la respiración entrecortada, indefenso. Era la oportunidad de Spitz, que se abalanzó sobre el; dos veces hundió los dientes en su enemigo indefenso, desgarrando la carne hasta el hueso. Entonces le cayó encima el látigo de François, y Buck tuvo la satisfacción de contemplar cómo Spitz recibía la peor azotaina propinada hasta entonces a un perro del equipo.
-Un demonio, ese Spitz -comentó Perrault Un día de éstos matar al Buck.
-Ese Buck valer por dos demonios -fue la réplica de François-. Sé porque yo observarlo todo el tiempo. Verás, un buen día se pone furioso, se come crudo al Spitz y lo vomita sobre la nieve. Ya verás. Soy seguro.
Desde entonces hubo guerra abierta entre Buck y Spitz. Spitz, como perro guía y jefe reconocido del equipo, sentía que aquel extraño perro del sur amenazaba su supremacía. Y le resultaba extraño, en efecto, porque de los numerosos perros de esa procedencia que había conocido, ni uno solo había demostrado valer demasiado, ni en el campamento ni en el trabajo. Eran débiles y los mataba el agotamiento, el frío o el hambre. Buck era la excepción. Sólo él había resistido y se había abierto camino, equiparándose a los huskies en fortaleza, coraje e ingenio. Además era un perro dominante, y el hecho de que el garrote del hombre del jersey rojo le hubiera matado toda señal de ciega temeridad y precipitación en el deseo de dominio, lo hacía doblemente peligroso. Era sobre todo astuto y capaz de aguardar el momento oportuno con una paciencia que era, precisamente, primitiva.
El enfrentamiento por el liderazgo era inevitable. Buck lo deseaba. Lo deseaba porque así se lo pedía su naturaleza, porque se había apoderado de él ese indescriptible e incomprensible orgullo del sendero y el arnés, un orgullo que sostiene a esos perros en su esfuerzo hasta el último aliento, que los lleva a morir en el tiro con alegría y les destroza el corazón si se los excluye del equipo. Así era el orgullo de Dave como perro zaguero, el de Solleks mientras tiraba con todas sus fuerzas; el orgullo que al levantarse el campamento se apoderaba de ellos transformándolos de bestias taciturnas, en criaturas esforzadas, entusiastas y ambiciosas; el orgullo que los espoleaba el día entero y por la noche los abandonaba en los límites del campamento, dejándolos caer en el desasosiego y el descontento más sombríos. Era la arrogancia que movía a Spitz y lo llevaba a castigar a los perros del tiro que metían la pata o se escaqueaban durante la marcha o se escondían por la mañana a la hora de ser amarrados a los arneses. Era precisamente ese orgullo lo que hacía que temiese a Buck como posible perro guía. Y ése era también el orgullo de Buck.
Buck amenazaba abiertamente el liderazgo de Spitz. Se interponía entre él y los holgazanes a quienes Spitz habría castigado. Y lo hacía a proposito. Una noche hubo una gran nevada y, por la mañana, Pike, el que acostumbraba a escaquearse, no se presentó. Estaba bien oculto en su refugio bajo un palmo de nieve. François lo llamó y lo buscó inútilmente. Spitz estaba ciego de rabia. Recorría furioso el campamento, olfateando y escarbando en todos los lugares sospechosos y gruñendo de un modo tan espantoso que Pike lo oía y temblaba en su escondite.
Cuando por fin lo descubrieron y Spitz se abalanzó hacia él para castigarlo, Buck, con el mismo ímpetu, se atravesó entre los dos. Fue algo tan inesperado y ejecutado con tal precisión, que Spitz, empujado hacia atrás, perdió el equilibrio. Alentado ante aquella abierta rebelión, Pike, que había estado temblando de un modo abyecto, saltó sobre el líder caído. Buck, para quien el juego limpio era una norma relegada al olvido, se precipitó también sobre Spitz. Pero François, que aunque divertido por el incidente era inflexible a la hora de administrar justicia, descargó el látigo con todas sus fuerzas sobre Buck. Como ni con esto logró apartarlo de su postrado enemigo, recurrió al mango del látigo. Semiinconsciente por el golpe, Buck cayó hacia atrás y recibió reiterados latigazos, mientras Spitz propinaba una buena paliza al reincidente Pike.
Durante los días que siguieron, a medida que se iban acercando a Dawson, Buck continuó interponiéndose entre Spitz y los transgresores, pero lo hacía con astucia, cuando François no andaba por allí. Con el encubierto amotinamiento de Buck, surgió y fue aumentando una insubordinación general. Dave y Sol-leks permanecieron al margen, pero el resto del tiro iba de mal en peor. Las cosas ya no funcionaban como debían. Se producían peleas y crispaciones continuas. Había siempre un conflicto en gestación, y en su origen estaba Buck. François permanecía atento, pues temía la lucha a muerte que tarde o temprano había de tener lugar entre los dos perros; y más de una noche, el ruido de una riña lo hizo salir de su saco de dormir, temeroso de que fueran Buck y Spitz los que se hubieran enzarzado.
Pero la oportunidad no se presentó, y así, una tarde gris llegaron a Dawson con la gran pelea todavía pendiente. Había allí multitud de hombres e incontables perros, a todos los cuales Buck encontró trabajando. Al parecer, el que los perros trabajasen pertenecía al orden natural de las cosas. En largas traíllas se los veía pasar en ambas direcciones por la calle principal durante todo el día, y, de noche, sus campanillas continuaban aún tintineando. Transportaban la leña, así como troncos para la construcción de cabañas, acarreaban materiales a las minas y realizaban todos aquellos trabajos que en Santa Clara correspondían a los caballos. Buck encontró ocasionalmente algún perro sureño, pero la gran mayoría eran mezcla de husky y de lobo. Todas las noches, regularmente (a las nueve, a las doce, a las tres), elevaban un canto nocturno, una especie de extraña y sobrecogedora sinfonía a la que Buck se incorporaba con deleite.
Con la aurora boreal vibrando fríamente en el cielo o con las estrellas brincando su gélida danza y la tierra aterida bajo el manto nevado, aquel canto de los huskies parecía ser un desafío a la vida, pero en ese tono menor, entre larguísimos aullidos quejumbrosos, era más bien una súplica, una queja manifiesta por el duro trabajo de existir. Era una canción antigua, tan antigua como la raza misma, una de las primeras canciones de un mundo más joven, de un tiempo en que todas las canciones eran tristes. El sufrimiento de innumerables generaciones impregnaba aquel lamento que tan extrañamente conmovía a Buck. Cuando aullaba y gruñía, lo hacía con el dolor de vivir de sus remotos antepasados salvajes, y con el mismo miedo y misterio del frío y la oscuridad que fueron antaño su miedo y su misterio. Y esa conmoción de su ser marcaba el final del proceso que lo había hecho retroceder a través de épocas enteras de calor y cobijo hasta los crudos orígenes de la vida en la era del aullido.
A los siete días de la llegada a Dawson ya estaban bajando por el empinado talud junto a los Barracks para enfilar la Yukon Trail en dirección a Dyea y Salt Water. Perrault era portador de despachos más urgentes, si cabe, que los que había traído; además, se había apoderado de él un orgullo profesional que lo incitaba a batir las marcas de velocidad del año. Varios aspectos le eran favorables. La semana de descanso había servido para que los perros se recuperasen y estuviesen en perfecto estado. La senda abierta por ellos a campo traviesa había sido después consolidada por otros viajeros. Y por último, la policía había instalado en dos o tres lugares depósitos de comida para los hombres y los perros, de modo que podían viajar con muy poco peso.
El primer día cubrieron el trayecto de cien kilómetros hasta Sixty Mile; y el segundo los encontró avanzando a toda velocidad por el Yukon, camino de Pelly. Pero tan espléndida marcha no se logró sin que François tuviera que afrontar grandes dificultades y contrariedades diversas. La insidiosa revuelta liderada por Buck había destruido la solidaridad en el tiro, que ya no era como un solo perro en acción. El respaldo proporcionado por Buck a los rebeldes los inducía a toda clase de trastadas de poca monta. Spitz había dejado de ser un líder temido. Perdido el respeto temeroso, los demás perros se sentían capaces de desafiarlo. Una noche, Pike, bajo la protección de Buck, le robó la mitad de un pescado y lo engulló. Otra noche, Dub y Joe le hicieron frente y lo forzaron a renunciar al castigo que merecían. Y hasta Billie, el amable, se volvió menos amable y sus gruñidos ya no eran tan cordiales como antes. Buck nunca se acercaba a Spitz sin gruñir ni erizar el pelo, amenazante. De hecho, se comportaba casi como un matón y le daba por pavonearse ante las mismas narices de Spitz.
La alteración de la disciplina afectó también las relaciones entre los demás perros. Se peleaban más que nunca, hasta el punto de que a veces el campamento era un inmenso alboroto de aullidos. Sólo Dave y Sol-leks permanecían al margen, aunque con aquellas riñas permanentes se volvieron irritables. François blasfemaba y lanzaba extraños y brutales juramentos al tiempo que se tiraba de los pelos y daba furiosas e inútiles patadas a la nieve que cubría el suelo. Su látigo resollaba continuamente entre los perros, pero no servía de mucho. En cuanto volvía la espalda, se agarraban otra vez. Con el látigo respaldaba a Spitz, mientras que Buck estaba de parte del resto del equipo. François sabía que era el que estaba detrás de todo aquello, y Buck sabía que lo sabía, pero era demasiado listo para dejarse sorprender. Trabajaba con ahínco, pues el trabajo se le había convertido en un placer; pero un placer aún mayor era provocar arteramente una pelea entre sus compañeros que acababa enmarañando las riendas.
En la desembocadura del Tahkeena, una noche después de comer, Dub avistó un conejo-raqueta, calculó mal y se le escapó. Un segundo después, el equipo entero corría con ansia tras él. A pocas yardas de distancia había un campamento de la policía territorial, con cincuenta perros, todos ellos huskies que se incorporaron a la cacería. El conejo se alejó por el río a toda velocidad, lo abandonó para internarse en un pequeño afluente sobre cuyo lecho helado continuó corriendo a un ritmo constante. Corría ágilmente sobre la superficie nevada mientras los perros se abrían camino con dificultad empleándose a fondo. Buck iba a la cabeza de la jauría de sesenta canes, cogiendo curva tras curva, pero sin obtener ventaja alguna. Iba casi a ras del suelo, gimiendo de impaciencia, con el espléndido cuerpo adelantando, salto a salto, bajo la tenue y blanca luz de la luna. Y, palmo a palmo, como un blanquecino espectro glacial, el centelleante conejo se mantenía por delante.
Esa agitación de ancestrales instintos que en determinadas épocas lleva a los hombres a salir de las bulliciosas ciudades y dirigirse a los bosques y planicies para matar seres vivos con perdigones impulsados químicamente; esa sed de sangre, ese placer de matar: todo ello estaba actuando en Buck, aunque de forma infinitamente más intensa. Marchaba a la cabeza de la jauría, extenuando a aquel animal silvestre, la carne viviente, para matar con sus propios dientes y mojarse el hocico hasta los ojos con la sangre tibia.
Hay un momento de éxtasis que marca la culminación de una existencia y más allá del cual ésta ya no puede elevarse. Y la paradoja existencial consiste en que, pese a sobrevenirle cuando más vivo está el sujeto, le llega cuando ha olvidado por completo que lo está. Este éxtasis, esta inconsciencia de estar vivo, le ocurre al artista., absorbido y enajenado por una intensa pasión; al soldado que, poseído de bélico ardor en un campamento sitiado, se niega a rendirse; y le sobrevino a Buck mientras iba al frente de la jauría emitiendo el inmemorial aullido del lobo, esforzándose al límite de sus fuerzas por atrapar aquel alimento que estaba vivo y huía a toda velocidad, iluminado por la luna. Estaba sondeando las profundidades de su naturaleza y de aquellos elementos de su naturaleza que surgían de honduras más profundas, que se remontaban a las entrañas del tiempo. Prevalecía en él la pura irrupción de la vida, la marea de existir, el perfecto goce de cada músculo, de cada articulación y de cada uno de sus tendones, por el hecho de que todo esto era la otra cara de la muerte, delirio y desenfreno expresado en el movimiento, en la carrera exultante bajo las estrellas y sobre aquella superficie de materia inerte.
Pero Spitz, frío y calculador hasta en los momentos de mayor exaltación, se separó de la jauría y se desvió a través de una angosta franja de terreno donde el afluente trazaba una extensa curva. Buck no se enteró y, al describir él mismo la curva con aquel blanquecino espectro glacial lanzado por delante, vio que otro espectro, más grande aún, daba un salto desde la elevada orilla e interceptaba el paso del conejo. Era Spitz. El conejo no podía retroceder y, cuando los blancos dientes le partieron el espinazo en mitad de un brinco, soltó un chillido tan agudo como el de un hombre herido. Ante aquel sonido, el grito de la Vida que se precipita desde la cúspide en las garras de la Muerte, de la jauría entera que seguía a Buck se elevó un satánico aullido colectivo de placer.
Buck no aulló. Lejos de detenerse, se abalanzó sobre Spitz, que lo esperó de costado, con tal ímpetu que no le atinó a la garganta. Rodaron juntos sobre la nieve en polvo. Spitz se levantó como si no hubiese sido derribado, mordió a Buck en el hombro y se apartó de un salto. En dos ocasiones resonaron las mandíbulas como el acero de un cepo, mientras se alejaba para afianzar las patas, gruñendo y frunciendo los delgados labios para mostrar los dientes.
Buck lo supo al instante. Había llegado el momento. Iba a ser a muerte. Mientras giraban en círculos, gruñendo, con las orejas gachas, intensamente atentos a una posible ventaja, Buck tuvo la sensación de que la escena le era conocida. Le pareció que lo recordaba todo: los blancos bosques y el terreno, el resplandor de la luna y la excitación del combate inminente. Sobre la blancura y el silencio pendía una calma irreal. No soplaba la menor brisa, nada se movía, no temblaba una hoja, el aliento de los perros se elevaba morosamente por el aire helado. Aquellos perros que no eran sino lobos apenas domesticados habían dado cuenta del conejo y ahora formaban un círculo expectante. También ellos participaban del silencio y sólo eran perceptibles el destello de los ojos y el aliento disperso que ascendía con lentitud. A Buck aquella escena ancestral no le resultó nueva ni extraña. Como si siempre hubiera existido, como si fuera normal y consuetudinaria.
Spitz era un luchador experimentado. Desde Spitzberg, por todo el Ártico y a través de Canadá y los Barren, se había hecho valer frente a toda clase de perros y había sabido imponer su ascendiente. La suya era una furia implacable, pero jamás ciega. Incluso poseído por la pasión por despedazar y destruir, en ningún momento olvidaba que su contrario sentía la misma pasión. Nunca embestía hasta estar preparado para recibir una acometida; jamás atacaba hasta haber afianzado el ataque.
En vano se esforzaba Buck en clavar los dientes en el pescuezo del gran perro blanco. Siempre que sus colmillos procuraban atacar una zona blanda, se encontraban con los colmillos de Spitz. Chocaban los colmillos, sangraban los cortes en los labios, sin que Buck consiguiera abrir un resquicio en la defensa de su enemigo. Entonces se enardeció y envolvió a Spitz en un torbellino de ataques. Una y otra vez intentó morderle la garganta, en donde la vida burbujea próxima a la superficie, y cada vez Spitz le dio una dentellada y él se apartó. A continuación, Buck optó por amagar un ataque a la garganta y, súbitamente, echar la cabeza hacia atrás efectuando al mismo tiempo un giro lateral, embistiendo con el hombro a modo de ariete el hombro de Spitz, con objeto de derribarlo. Pero en lugar de eso recibió cada vez una dentellada de Spitz en el hombro en el momento en que este último se apartaba dando un ágil brinco.
Spitz seguía indemne, mientras que Buck sangraba en abundancia y jadeaba. La lucha era desesperada. Y el lobuno círculo silencioso de perros continuaba aguardando para acabar con el que resultase derrotado. Cuando Buck se fue quedando sin resuello, Spitz se dedicó a atacarlo y lo obligó a hacer esfuerzos para no perder el equilibrio. Buck cayó al suelo una vez, y el círculo de sesenta perros se dispuso a avanzar; pero él se recuperó, casi al momento, y el círculo desistió y reanudó la espera.
Pero Buck tenía una cualidad que suplía la corpulencia, y era la imaginación. Luchaba por instinto, pero también era capaz de pelear con raciocinio. Atacó como si intentase el anterior truco del hombro, pero en el último instante se agachó sobre la nieve y sus dientes apresaron la pata delantera izquierda de Spitz. Hubo un crujido de hueso que se quiebra, y el perro blanco le hizo frente con tres patas. Por tres veces intentó Buck derribarlo, y después repitió el último truco y le quebró a Spitz la otra pata delantera. Éste, pese al dolor y a su precario estado, luchó desesperadamente por mantenerse en pie. Veía que el círculo silencioso, del que se elevaba el vaho plateado de las respiraciones, se aproximaba a él con los ojos brillantes y la lengua afuera, tal y como había visto en el pasado círculos similares cercando a adversarios vencidos.
Ya no había esperanza para él. La misericordia era algo reservado a climas más benignos. Buck, inexorable, maniobró para emprender el ataque final. El círculo se había apretado hasta tal punto que él podía sentir la respiración de los huskies. Los veía, más allá de Spitz y a cada lado, medio agazapados para dar el salto y con los ojos fijos en el otro. Hubo un momento de pausa. Todos los animales permanecían inmóviles, como petrificados. Únicamente Spitz se estremecía y se erizaba oscilando hacia adelante y hacia atrás, con un horrible gruñido amenazador, como para ahuyentar con él la muerte inminente. Entonces Buck atacó y reculó enseguida; pero con el primer salto los hombros chocaron de lleno. El oscuro círculo se convirtió sobre la nieve iluminada por la luna en un denso y único punto en el que Spitz desapareció. Buck observaba la escena de pie. Era el orgulloso vencedor, la primitiva bestia dominante que ha descubierto la satisfacción en la destrucción de su presa.
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